El espionaje de la palabra es lo que pretende nuestra
época. No es posible imaginar cuándo ha comenzado lo que parecía un
entretenimiento un tanto fútil y retozón de índole televisiva: la cámara
oculta. Algunos les dieron una mera importancia antropológica a estos
ejercicios sobre la conducta humana observada por el “científico”
camarógrafo, mientras ella está enfrascada en su distraída vida
cotidiana. De ahí nació el “blooper”, que eran las fisuras y el acto
interruptus de la vida cotidiana mirado por una cámara situada fuera del
conocimiento de quien era protagonista de un tropiezo inesperado.
Muchos nos hemos solazado con la observación de las intimidades de quien
no se sabe observado y actúa en el laboratorio de la vida como
conejillo de sus pasiones, lenguajes espontáneos y autodefensas
vulneradas. Tinelli, luego de Pipo Mancera, fue un escalón más arriba de
este panóptico que apenas se insinuaba, en el retiro de los mínimos
tabiques protectivos de la intimidad humana.
Lo obsceno, como se sabe, es el desocultamiento molesto, lo que
podría no mostrarse pero se ve. Captar las rugosidades imprevisibles del
lenguaje que el sujeto incautado no querría que salgan a luz es un acto
fundador de una implacable modernidad, con cámaras que todo lo toman.
Desde el film La conversación, de Coppola, con la gran actuación de Gene
Hackman, vigilar las vidas privadas se convirtió en una estructura de
medios cincelados por la inspección conspirativa, sólo que ahora la
escala de ese procedimiento se ha convertido en un trámite normal de
todas las relaciones interhumanas posibles. Sus consecuencias en la
política son evidentes. Vivimos una politicidad de pulsiones bajas, con
la materia primera de la conversación robada y la operación informativa a
través de deliberados (o no) micrófonos abiertos. La política se hizo
transparente en su cotidianidad hablada y tremendamente opaca en sus
consecuencias sociales.Hacer de lo político un enjambre de hechos que deben ser impresos en miles de cámaras de seguridad es una de las agonías postreras de la vida social. Adquirimos la tendencia al registro, a la reduplicación digital del mundo, a ampliar el imperio microfísico de la fotografía como relato de nuestros encuentros fortuitos con las imágenes más “instaladas” del momento. La foto era antes un elemento episódico de la intimidad burguesa y ocasional compañera de momentos culminantes del drama temporal que elegíamos para “inmortalizarnos” –la “pose”, que es tiempo demorado, detenido–. Pero ahora estamos en manos de un acto que se repite por millones de veces ante millones de personas. El sujeto político moderno es antes que nada la facilidad de una foto que ya es una post-instantánea y un continuo control visual de nuestros actos. Ya no hay instante, hay post-instantes continuos. Hay una infinidad de puntos perpetuos que ya no llaman al álbum del recuerdo o a la nostalgia, sino al encadenamiento irreal y permanentemente fluido de los rostros. Nuestro rostro es un flujo de pixeles entre millones de rostros; en vez de revivir en una foto, desfallecemos en ella.
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